"De mitos, amor y otros desastres"

No sé a qué dioses has ofendido para merecer semejante castigo, pues no hay peor condena que la del amor a ciegas. Te impide ver lo que todos saben, y te embarcas en la empresa estéril de perseguir a tu quimera. Como un Sísifo resignado pero decidido, arrastras vuestra historia montaña arriba, cargando su peso sobre tus hombros, haciendo tú todo el esfuerzo mientras ella sonríe cínica desde su esquina. Y todo para obtener un triste segundo de satisfacción -ni siquiera merece llamarse clímax- , ese pequeño instante cuando llegas a la cima en el que crees que alcanzas la felicidad justo antes de que la piedra vuelva a caer. Y vuelves a empezar, pertinaz, una y otra vez, sacando fuerzas de flaqueza donde todos los demás fracasaron. Como si quisieras demostrar que no hay nada imposible si la tienes a tu lado: -matar titanes, derrotar cíclopes, cruzar el Hades a nado-; como si quisieras convencerte de que puede lograrse enamorar a una mujer cuyo alma es un desierto helado. Y para ello robas hasta el fuego como hizo Prometeo, pero no para iluminar a los hombres, sino para calentar un corazón que se declara frío, casi muerto, -“cerrado por derribo”, en el mejor de los supuestos- con la voluntad de volver a hacerlo estremecer. Con la esperanza de que tu diosa entienda que eres tú -y no él- el camino hacia su felicidad. Pero en lugar de una deidad te encuentras con una rapaz que te devora el corazón en lugar del hígado cada noche, que te hace temblar de incertidumbre hasta las vísceras cada día, y espera a que te cures y a que decidas irte para volver a seducirte con sus encantos de ninfa. Y así durante el resto de la eternidad. Es el precio que debes pagar por elegir hacerla inmortal. Desesperas, te indignas, dudas, quieres abandonar. Te arrepientes, te resignas, maldices, Ríes. No paras de llorar. Hasta que pasado un tiempo, sin saber cómo ni por qué logras despertar. Se te cae la venda de los ojos y por fin ves la verdad: es obsesión y no amor, lo que tú sientes; es dolor y no alegría lo que ella reparte. Y te das cuenta de que a quien comparabas con Afrodita apenas si llega a Cárite; y aunque se las daba de Atenea no consigue ya impresionarte. La creíste diosa, pero se confesó humana: La mujer primigenia, eterna mentirosa. Tan malvada como hermosa, tan astuta como fría. El castigo por tu osadía. Por querer brindarle las delicias de tu Olimpo a quien no lo merecía. Pero no es ella culpable de ser presa de su destino. Tampoco eres tú responsable de vuestra particular tragedia griega; tu sino es padecer sufrimiento eterno, su condena es promover la desgracia ajena. Poco puede hacerse: está escrito. Aunque trates de escapar de tus temores, no hay salida. Aunque intente sellar su arca de los horrores terminará por abrirla. Y desatará el caos. Y te joderá la vida. Te hundirá. Te humillará. Te anulará. Hará tu mundo trizas. Pero pasará. La piedra rodará montaña abajo. Las cadenas se romperán. Podrás volver a respirar. Poco a poco, lentamente, -como todas las cosas de la vida- la olvidarás. Recuperarás la confianza. Incluso podrás mirarla a los ojos sin quedar petrificada. Y te sentirás libre de nuevo, porque ya no sientes nada. No importa que tu ceguera sea severa, no importa cuán hondo te cale tu Pandora: lograrás superarla. No pierdas la esperanza. Al final, todas siempre se la dejan en el fondo de la caja.

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