Celosa contención

Celoso perdido. Sí, ¿y qué? El otro día leí que quien no tiene celos no está enamorado. Y no me malinterpretes: no estoy celoso de nadie, no hay quien merezca ocupar un pensamiento mío que pueda dedicarte a ti. Le tengo celos al tiempo, que pasa irremediablemente. Celos al yo que no debía reprimir lo que sentía, que podía comerte a besos como si fueras mi dieta milagro. Sabes que no lo reprimo por mi: me presento voluntario a darte mi burda versión del cinéfilo ‘Buenos días princesa’, que los piropos se me escapan intentando enmascararlos en inocentes comentarios amistosos; pero también sabes que no quiero complicarte, que sufro con las preocupaciones que cruzan tus ojos marrón caramelo. Quiero volver al estremecimiento de mis yemas al rozarte, a no tirar al aire mi último recuerdo diario que te pertenece, es tuyo y quiero entregártelo como cada noche cuando hablábamos... No como hoy, educados, respetuosos y corteses adultos civilizados que han sabido pasar página. Mis siguientes capítulos están por escribir ‘pero hoy las musas han pasao de mi’. Con lo que me jode la hipocresía, para estar actuando de Goya cada día en un improvisado guión que se me antoja ya repetitivo. Mesura, comedimiento, frialdad. Y una mierda.

Celos, sí. Besos, "te quieros" acumulados. Sueños desbordados por la imaginación que no supera a la antigua realidad. Mucho me temo que esta no es la última prosa que te escribo.


Pablo Caballero

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