Te espero (te quiero)

Tantas son las palabras que vienen a mi cabeza en un intento de explicar el porqué. Por qué tú. Por qué cada noche al acostarme, cuando quiero dejar de pensar, apareces. Como si con lo consciente no tuviera bastante, estás también en la última hora del día y en cada sueño. Y sigo sin saber explicarlo. Sin saber cómo ponerlo negro sobre blanco, ni cuál es la palabra que lo explica todo. Por qué ese espacio que separaba la mano en mi bolsillo de la tuya en el regazo se ha hecho infinito cuando antes nuestros dedos encajaban perfectamente. Porque ahora tengo que recordarme, a veces con la mano a medio camino del recorrido, que nuestro puzzle ya no encaja. Aquel hombre sabio del bombín deseaba que el corazón no se pase de moda, pero en este mundo no se puede. Porque para mí el perfecto enamorado es Davy Jones, el de Piratas del Caribe que entregó su corazón al mar, lo sacó de su cuerpo, donde cualquiera podía herirlo. Ese es mi concepto, demasiado anticuado tal vez.

Ahora escucho esas canciones que sólo un necio pensaría que hablan de ti, porque lo hacen como quien oye campanas y no sabe dónde. Porque sólo yo podría escribir esa canción, pero mi boca no encuentra las palabras. Porque quedó malherida cuando perdió esa guerra que librábamos pegados el uno al otro, tus labios contra los míos, tu lengua contra la mía. Y me encanta(ba) que me desarmaras al morderme el labio inferior, y te dejaba ganar la batalla. Pero me gusta(ba) la lucha.


Tu boca pidió esa tregua, firmó esa paz, tiró esa toalla desde el rincón izquierdo del cuadrilátero para terminar con el combate que yo nunca he querido acabar. Porque quererte es mucho más que Luis Fonsi cantando ‘Yo no me doy por vencido’. Es tener cada día las armas preparadas, por si quieres reiniciar el combate.
Perdona por haberte amado. Perdona por amarte. Perdona porque no tengo ninguna intención de dejar de hacerlo.

Pablo Caballero

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