...Y los dos pensaron lo mismo.

Una vez más, el miedo le impedía reaccionar. Quería hablarle. Acercarse a él. Darse a conocer. Pero no, no era capaz. "¿Pensará que estoy loca? ¿Qué excusa podría utilizar?"-pensaba-. No, no podía hacerlo sin más. Le daba vergüenza. Sí, como a una cría de doce años. Se jactaba continuamente de ser madura y coherente, y luego era incapaz de articular en su presencia más de dos palabras con sentido sin boquear ridículamente como un pececillo al que hubieran sacado de su acuario.

Aun así, lo intentaba. Una y otra vez. Lo veía (vigilaba) un día sí y otro también, al acecho de la mejor oportunidad, cualquier excusa, un afortunado encuentro casual... Pero no, no era capaz. Y aunque sabía que se podía estar escapando una hermosa oportunidad, no podía hacer nada por evitarlo. Había dado cientos de pequeños pasos. Indirectas. Indirectas directas. Insinuaciones bochornosamente evidentes... Pero nada más. Y algo tan mecánico, tan vacuo, tan simple como acercarse, abrir la boca y saludar, se convertía en el más titánico de los esfuerzos, la más imposible de las proezas.

Se sentía pequeña e insignificante a su lado. Torpe. Ignorante. Fea. Lo cual no dejaba de ser irónico, porque él no era un adonis precisamente, y ella había lidiado con facilidad y sin esfuerzo con otros que, en teoría, deberían intimidarla mucho más... Pero ahí estaba la gracia: Él, como ningún otro, la volvía del revés con unas pocas palabras.

"¿Y si he malinterpretado todas las señales?" "¿Y si se ha fijado en mí sólo como una más?"  
-le susurraba al oído esa incertidumbre que no la dejaba avanzar-.  Al fin y al cabo, era prácticamente una desconocida. Mediocre y banal, como todas las demás... O eso debía pensar él, aunque no fuera cierto, y aunque ella se esforzase por mostrarle la verdad.

Ojalá fuese segura de sí misma. Como todas esas chicas estupendas y guapísimas que tienen una capacidad innata para coquetear y lo hacen continuamente sin darse cuenta. Ojalá no tuviese miedo a  hacer el ridículo. A parecerle aburrida. A no gustarle. Ojalá no se quedara siempre -siempre- en blanco, y fuese tan ocurrente como los personajes que inventaba.

Ojalá fluyeran las palabras. Pero no, no era posible. Escribir no era un problema, pero hablar... Hablar era harina de otro costal. Se desenvolvía fatal en las distancias cortas. Entablar conversación siempre había sido su asignatura pendiente... Es lo malo del don de saber escuchar: va indefectiblemente aparejado a una incapacidad para conversar rayana en lo absurdo y que muy poca gente tiene la paciencia de soportar. 

Ojalá él supiese leer entre líneas y diese el primer paso. Eso lo haría todo mucho más fácil. Si él  rompiera el hielo, la cosa cambiaría. Parte del miedo se iría. Sería como una señal. Pero daba igual, porque de todas formas era imposible... Cómo iba a saber él nada de todo esto. Cómo podía plantearse siquiera que ella le dedicase más de cinco segundos al día (muchísimos más, por cierto) de sus pensamientos.

Así que eso no ocurriría. Nada ocurriría, en realidad. Ella seguiría observándolo en la lejanía, y el seguiría lejos de saber la verdad que se escondía detrás de toda la ilusión que ella había desplegado para nada. Una lástima. Pero es lo que tienen los complejos. Y la inseguridad. Y los miedos... Hacen que se pierda la partida antes de haber empezado el juego.

 "Pues si me quiere, que me busque -pensó-. Yo ya he hecho lo que he podido"

Si me quiere, que me busque...

Y los dos pensaron lo mismo.

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