Se apaga...

Tenía diecinueve años ("y la vida en los labios", que diría Ruiz Zafón). También una enfermedad incurable. Lo sabía desde hacía ya cinco meses, pero aún no lo había hecho público -ni entraba en sus planes-. Cuanta menos gente lo supiera, mejor. Nunca le gustó dar pena, ni que se preocupasen por ella. Era una chica independiente, pero siempre estaba rodeada de gente. Simpática y extrovertida hasta límites insospechados, aunque nunca hablara de sí misma. Sabía escuchar, sí, pero también tenía la capacidad de adivinar cuándo no te apetecía que te escucharan. Era muy detallista. Amable, servicial. Divertida e hiperactiva. También feliz. Y, sobre todo, positiva. Nunca había encontrado un motivo lo bastante contundente como para dejar de sonreír: Si algo salía mal, lloraba un poco (lo justo), esperaba a que el día acabase y que el siguiente fuera mejor. Y si era a otra persona a quien no acompañaba la suerte, se metía con ella dentro de su agujero y no paraba de empujar hasta lograr sacarla de allí. Era de esa clase de personas con las que sólo te cruzas una vez en la vida, pero que con ello basta para hacértela un poquito mejor. Era de esas estrellas que brillan con luz propia, y que lo hacen tan fuerte que terminan por ayudar a iluminar tu camino, por muy perdida que estés.

Y digo "era" no por ser un pájaro de mal agüero, sino porque, aunque todavía "sea", ya no "es". No me estoy explicando con suficiente claridad, lo sé, pero me niego a utilizar esa horrible palabra cuya presencia siento cada vez más cerca. Así que me limitaré a decir que la estrella ya no es lo que era, valga la redundancia. Ahora se ha convertido en un púlsar, que parpadea intermitentemente, y si la cosa sigue así, puede que en algún momento oscurezca del todo.

Le duelen el cuerpo y el alma. Tiene miedo, y dudas... Y se está apagando. Ella quiere brillar. Quiere seguir iluminándonos, y todavía lo hace cuando está en su mano...

Pero le fallan las fuerzas.



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