Buenos días, princesa.

Lo verdaderamente difícil del amor es la mañana siguiente. Muchas veces la luz del día se parece a un jarro de agua fría que alguien tirase sobre el entusiasmo pasajero de la noche. Abrí los ojos y contemplé aquella claridad que se transparentaba a través de las cortinas. Sentía un cierto extrañamiento, esa sensación de despertar sin saber muy bien dónde te encuentras ni qué terreno pisas. Noté a mi lado un hueco todavía tibio entre las sábanas. Lo había oido levantarse a cerrar las ventanas, y después me pareció haberlo visto moverse con sigilo hasta entrar en el baño, pero debí dormirme otra vez porque no lo oí salir.

Miré alrededor con un vago desconcierto. La habitación me pareció distinta, más grande e inexplorada: la mesilla estaba llena de libros en los que no había reparado la noche anterior, el espejo del armario modificaba la disposición que recordaba de los muebles... ¿Y si a él tampoco lo reconozco? -pensé con terror- ¿Y si no me gusta cómo me mira? Hay hombres que después del amor te ven como si fueras su coto privado. Por la forma de decir buenos días una ya sabe lo que puede esperar y lo que no, de la misma forma que cuando abrimos un periódico ya sabemos cómo ha amanecido el mundo. Por la mañana es cuando una se instala en la realidad sin veladuras ni ambages, y es justo ahí donde se acaban muchos cuentos de hadas.

Bajé las escaleras con el alma en vilo, cruzando los dedos. Ojalá que no me mire con las mieles del triunfo, que no pronuncie ninguna palabra que lo eche todo a perder, que no me empalague con diminutivos cariñosos... Pero no, pensé, el no era de ésos, y recorde la forma serena en que había actuado la noche anterior. Asomé la cabeza por la puerta de la cocina, pero no había nadie allí. Fue entonces cuando reparé en la nota que había sobre el banco de la alacena, una hoja pequeña de bloc garabateada deprisa con bolígrafo azul. Era una nota neutra, puramente informativa, sin ningún matiz personal ni siquiera en la despedida.
Esbocé una media sonrisa de burla hacia mí misma no exenta de despecho. Me estaba bien empleado, por adelantar acontecimientos. El príncipe se había esfumado al amanecer. ¡Vaya! Con aquello si que no había contado...


Pero justo en ese momento me fijé en que, al lado de la hoja de papel, en un vaso alto de cristal, lucía espléndida y recién cortada la primera rosa del jardín.

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