Reflexiones.

Ella siempre había sido de esa clase de personas que tienen las ideas claras. Madura. Racional. Pero también apasionada y soñadora cuando había que serlo... Una chica "con los pies en el suelo, y la cabeza en las nubes", le gustaba decir.

Le encantaba escribir, el cine, la música, las conversaciones interesantes y la buena compañía. Adoraba la literatura y la filosofía, y le apasionaba todo lo relacionado con la cultura grecolatina, el arte y la historia en general. Y, evidentemente, también le gustaban las fiestas de toda clase y hacer vida social en la calle o en cualquier bar.

Tenía ilusiones. Metas. Sueños. Sabía que quería hacer algo grande con su vida, aunque aún no supiera muy bien qué. Pero siempre tuvo claro que, en el futuro, sería algo más que otra simple tuerca en el vertiginoso mecanismo del mundo laboral. Que llegaría a lo más alto en aquello que se propusiera. Y, lo más importante, que lo haría sola y por sus propios medios. Porque quería demostar -más a sí misma que al mundo- que podía salir adelante sin ayuda habiendo elegido su propio camino y no el que otros hubieran preferido. Que había algo más allá de los límites que terceras personas habían trazado para delimitar su existencia. Que ella, y nadie más, era dueña de su propia vida.

Ese era el plan. Vivir, simplemente. Se puso manos a la obra y consiguió dar el primer paso: reunió los recuerdos de toda una vida, los guardó entre sus maletas y puso rumbo a esa ciudad que siempre se le había presentado como un paraíso de oportunidades. Los viejos conflictos, por suerte, parecieron quedarse atrás en el camino. Por primera vez en su vida, todo iba a salir bien...
Pero se equivocaba.

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