...y qué largo el olvido.


Sabes que pasa algo. Lo intuyes. Nada ha cambiado, pero todo es diferente. Preguntas. Y no obtienes respuesta. Vuelves a preguntar. Nada. Insistes… Niente. Pero algo va mal. Sus palabras no son las de siempre. Sus ganas no son las de siempre. No es el de siempre. ¿Qué ha podido pasar? Bueno, que no cunda el pánico. Será un mal día. Una mala semana. Un mal mes… Algo falla. Analizas cada palabra. Analizas su estado anímico. Analizas las circunstancias… Y no encuentras nada. Entonces te asalta la gran duda: ¿Qué he hecho mal? Sigues preguntando, indagando, especulando.... Pero no obtienes respuesta.

Te sientes impotente. Te agobias. Te asustas. Te frustras. Lo sabes. Y él sabe que lo sabes. Pero tú no quieres verlo. No puedes verlo. Y él ya no sabe más que hacer para hacértelo ver.
Intentas jugártelo todo a una última carta, esa que tendrías que haber tirado muchas manos atrás. Confías en que funcione, te aferras a esa última esperanza como a un clavo ardiendo. Te ofreces. Te arrastras. Y entonces, él dice basta. Te abre los ojos. Y la verdad, tan nítida, tan clara, tan fría como un puñal, se presenta ante ti como un negro abismo al que las circunstancias te arrojan sin remedio.

Caes. Durante largo tiempo. Días, semanas, meses. No sabes cuánto hace que empezaste…Solo sabes que no puedes parar. Que no va a parar. No comes. No duermes. No ríes. No vives. Únicamente, lloras. Porque está lejos, y no va a volver. Porque no quieres estar así, pero no lo puedes evitar. Porque por muchas lágrimas que derrames, no conseguirás ahogarte –que es lo que ahora más desearías-.

Cada palabra lleva su nombre. Su olor, de pronto, está en todas partes. En las miradas de otra gente, él te está mirando. Todas las sonrisas parecen salidas de sus labios. (Sus labios… Esos que tan bien encajaban con los tuyos, esos que eran capaces de estremecerte con sólo rozar cualquier parte de tu cuerpo). Lo buscas en todos los besos que regalas. Lo sientes en todos los brazos que te rodean –pero nadie sabrá nunca abrazarte como él lo hacía…-. En cada gesto, en cada movimiento, está presente su recuerdo.
Por eso dejas de hablarle, de verle, y en la medida de lo posible, de pensarle. Intentas ignorar sus llamadas y mensajes, sus ganas de hablar contigo, sus ruegos y sus chantajes, sus intentos de quedar -como amigo o como amante-. Y tú tratas de resistirte, pero no encuentras el modo… Porque, si él te dice ven, tú lo dejas todo.

Esa noche vuelves a quererle. Vuelves a abrazarle. Vuelves a besarle. Rezas para que no pase el tiempo y vuestro momento nunca acabe. Pero al llegar el día, todo empieza a evaporarse: Él se ha ido –otra vez- y tú, tan sola como antes.

Rescatando del olvido la manera de olvidarle.

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