La Historia que nunca pudo ser

[...]De veinticuatro horas que tiene el día, podíamos pasar perfectamente dieciséis hablándonos, ya fuera en clase, por Internet o teléfono. Era adictivo. Necesitaba tener su voz y sus palabras en mi día a día para sentirme completa.Y verle. Estar con él el mayor tiempo posible. Me sentía bien estando a su lado, era el único chico ante el que podía ser yo misma sin miedo a que algo pudiera salir mal. No recuerdo mejores momentos que las horas que pasábamos tirados juntos en la playa, mirando el atardecer sin decirnos nada, a veces abrazados, otras cada uno por su lado. O los posteriories paseos por la orilla del mar, empujándonos el uno al otro hasta acabar revolcados por la arena. O cuando escuchabamos música en su habitación. O nuestras tardes de cine en las que yo me enfadaba porque quería ver la película y el sólo quería picarme y no dejaba de tirarme palomitas. O esas noches en las que después de salir juntos de fiesta nos quedábamos horas y horas hablando de todo y nada, y al final nos quedábamos dormidos y no íbamos a clase por la mañana. O esos paseos a toda velocidad a lomos de su moto en busca de un paisaje bonito en el que hacernos millones de fotos…

Vivía para hablar con él. Le arañaba segundos al tiempo de mi agobiante vida de estudiante modelo sólo para poder verlo un rato. Y él me correspondía del mismo modo… Hasta que un día todo cambió. Discutimos –como tantas otras veces, era nuestro hobby preferido-, y se nos fue de las manos. Nos dijimos cosas horribles, y dejamos de hablarnos. El amenazó con que sería para siempre. Yo no le creí, porque siempre decía lo mismo y al rato volvía a llamarme. Pero esta vez lo cumplió. Durante un año.


Un año. Un año que se me hizo eterno, en el que no contestó a las pocas llamadas que hice, giraba la cara si se cruzaba conmigo por la calle y tenía la frialdad de ignorarme aunque supiera que lo estaba pasando mal.

Yo estaba fatal. Lo echaba muchísimo de menos. Pero mi puto orgullo roto no me dejaba acercarme a él. Empezaba a frustrarme. Lo nuestro no podía acabarse. No así. Era mi mejor amigo. Yo lo necesitaba. Y él no estaba ahí. Y la duda empezaba a quemarme… Me había enfadado con otros antes, había roto relaciones y me había dolido, pero no había sentido como si me arrancaran una parte de mí.

Las cosas ahora tenían menos sentido, porque no estaba él para compartirlas. Si no era con él, no me apetecía hablar. Estar triste sin que él me abrazase…era criminal. ¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué al acordarme de él siempre acababa llorando? ¿Y por qué con verlo feliz junto a ella no me bastaba, sino que habría matado por ser yo a la que besara? No podía ser cierto lo que me estaba pasando… que ahora que se había ido, yo me estuviera enamorando.

Lo intenté de nuevo. Lo llamé. Lo busqué. Lo saludé. Pero él, con toda la sangre fría del mundo, se mantuvo firme. Acercarme no había funcionado. Alejarme podría ser la solución. Así que tomé la difícil decisión de cortar por lo sano y poner tierra de por medio. Si no quería volver a verme, iba a ponérselo fácil. Y ni siquiera tenía por qué enterarse.

Pero se enteró. Y fue entonces cuando volvió a mí y hablamos. Nos pedimos perdón. Nos insultamos. Nos reímos. Lloramos. Y, finalmente, nos reconciliamos, con uno de esos abrazos que me hacían tiritar. Vi la felicidad en sus ojos. Yo me sentí en paz. Y aunque los dos lo deseábamos… no pasó nada más.

Y ahora estoy aquí, a cientos de kilómetros de él. Yo creía que sólo se podía echar de menos lo que has tenido alguna vez, pero veo que me equivoqué. Porque nunca lo he tenido, pero vivo atada a la obsesión de poder volverle a ver. Y a veces sueño sin querer con que su piel roza mi piel, con que me besan sus labios de miel, con que sus manos me acarician, con que susurra en mi oído las palabras prohibidas que nunca ninguno de los dos llegó a pronunciar… "Te quiero".

Ese “te quiero" que no quiero aceptar. Que nos murió en la garganta antes de empezar. Que ahora me podría salvar... Entonces me despierto. Y él no está. Y ya no sé si lo echo de menos o sólo quiero no echarlo de más.

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